Una breve historia de la invención de las guías para el sexo seguro por Richard Berkowitz
En 1983, Cómo Tener Sexo en una Epidemia: Un Enfoque fue escrito y autoeditado por dos hombres gay con SIDA en la ciudad de Nueva York. La palabra “SIDA” tenía menos de un año y se sabía muy poco. El VIH no fue declarado la causa del SIDA hasta varios años después; pero para quienes ya habíamos sido diagnosticados con SIDA o con síntomas, no teníamos el lujo del tiempo ni de la salud: teníamos que tomar decisiones sobre tratamientos que podrían definir si vivíamos o moríamos, y qué cambios de comportamiento eran necesarios para evitar poner en riesgo a otras personas.
Michael Callen y yo escribimos este manual mientras luchábamos por nuestras vidas. En 1983, la cuestión no era qué podría estar causando el SIDA, sino qué era lo más probable que lo causara. Por eso, tuvimos que detallar las teorías de causalidad que surgieron cuando apareció el SIDA. Para proponer formas de tener sexo seguro, era necesario basarnos en una teoría y en evidencia para esa teoría.
Callen y yo sabíamos poco sobre los métodos de investigación científica. La respuesta vino de nuestro médico en común, Joseph Sonnabend, quien dedicó la mayor parte de su vida profesional a la investigación en virología. Él nos educó sobre los peligros de vivir en una sociedad altamente especializada donde muchas personas confían pasivamente en doctores y otras figuras de autoridad que aparentan tener conocimientos especializados. Aprendimos lo fácil que es para quienes tienen conocimiento y poder abusar de la confianza de quienes no lo tienen.
Durante décadas, el gobierno de EE.UU. y su sistema médico tenían un historial de brutalizar a los pobres, afroamericanos, mujeres y otras minorías. Un escepticismo saludable ante los pronunciamientos médicos oficiales era el lugar más inteligente para comenzar.
Al leer nuestro manual de hace 42 años, sepan que sus recomendaciones han resistido el paso del tiempo. Erramos del lado del conservadurismo porque respetábamos cuánto desconocíamos. Cuando se descubrió el VIH años más tarde, algunas de nuestras advertencias sobre sexo seguro resultaron ser demasiado cautelosas. Como el VIH, al igual que el citomegalovirus, eran virus transmitidos por la sangre —es decir, necesitaban ingresar directamente al torrente sanguíneo para infectar a una persona—, era demasiado pronto para afirmar que actos sexuales como el sexo oral eran esencialmente seguros. Pero como indicamos, esas son decisiones personales.
La historia gay detrás de la invención de las guías de sexo seguro
Celebramos décadas de activismo contra el SIDA, pero cada generación acierta en algunas cosas y se equivoca en otras. En términos sexuales, en 1983, el SIDA se volvió una enfermedad prevenible que no supimos prevenir. Eso no lo encontrarás en los libros de historia del SIDA, porque la primera víctima de toda guerra es la verdad.
La exposición actual de mis archivos sobre sexo seguro en MoMA PS1 no es la historia “limpia” del sexo seguro adaptada para el consumo masivo. Esta es la historia de las primeras guías de sexo seguro explícitas, creadas por un trabajador sexual que sabía desde el principio que el sexo seguro significaba más que condones.
La ciencia sabe que siempre hay más por aprender, que parte de ser humano es cometer errores. Así es como se avanza, si es que los ideólogos (inmunes a la lógica), los ignorantes (inmunes al aprendizaje) y quienes carecen de experiencia científica rigurosa no se interponen —como sucedió con la invención de las guías de sexo seguro…
En agosto de 1982, fui diagnosticado con inmunodeficiencia y síntomas iniciales de SIDA. Todo lo que leía decía que nadie sobrevivía. Tenía 26 años y estaba condenado.
Fue entonces cuando descubrí que mi médico de años, Joseph Sonnabend, resultó ser un virólogo de talla mundial con una trayectoria distinguida en investigación de laboratorio. Me dijo que el SIDA era nuevo, que no había expertos, así que ¿por qué creía que estaba condenado? ¿Era tan ingenuo como para creer todo lo que leía o veía en las noticias?
Sonnabend me dijo que los médicos que trataban a hombres gay con SIDA habían olvidado el viejo credo: “Primero, no hacer daño”. Estaban usando tratamientos que aceleraban las muertes tempranas. Él, en cambio, estaba usando medicamentos profilácticos para prevenir infecciones que estaban matando innecesariamente a jóvenes con SIDA. Comencé a trabajar en su consultorio para aprender todo lo que pudiera.
El Dr. Sonnabend me presentó a otro paciente, el fallecido Michael Callen, para que escribiéramos y alertáramos a los hombres gay. Nuestros artículos de noviembre de 1982, “Una advertencia para hombres gay con SIDA” y “Sabemos quiénes somos”, pedían el fin de la promiscuidad entre hombres gay urbanos, pero yo tenía dudas persistentes.
Tres meses antes, hacía trabajo sexual para pagar mi segundo año en la escuela de posgrado de NYU, hasta que desperté al SIDA, dejé de tener sexo y desconecté mis teléfonos.
Mis clientes seguían enviándome flores y tarjetas, desesperados por encontrarme, pero no sabía qué decirles hasta que “Tom de Connecticut” apareció en mi puerta.
La palabra SIDA tenía solo seis meses, así que tuve que explicarle qué significaba. Estaba seguro de que Tom se daría la vuelta y se iría corriendo de regreso a Connecticut, pero en cambio, me preguntó: “¿No puedes simplemente ponerte tu cuero y tus botas, dejarme adorarte y masturbarme?”
Después de que Tom se fue, corrí a mi máquina de escribir y escribí “CÓMO TENER SEXO EN UNA EPIDEMIA”. Ese fue mi momento de eureka en diciembre de 1982.
Cada día en la frenética oficina del Dr. Sonnabend, mientras él trataba a hombres gay enfermos, moribundos y en pánico por el SIDA, yo comencé a acosarlo con preguntas sobre cómo hacer el sexo seguro.
“¿Acaso el sexo es lo único que te importa?”, me regañó.
No, pero había cultivado un círculo cercano de amigos y ex amantes que eran mi familia gay, y quería protegerlos y envejecer junto a ellos, así que seguí insistiendo hasta que un día explotó:
“Todos mis pacientes con antecedentes de infecciones de transmisión sexual (ITS) orales o del pene no muestran signos de SIDA; solo mis pacientes con antecedentes de ITS rectales sí los tienen.”
Después de digerir esa bomba —que el riesgo estaba en el sexo receptivo—, pude terminar de escribir Cómo Tener Sexo en una Epidemia: Un Enfoque, pero con mucha más insistencia. Como me dijo Sonnabend: “Hay que encontrar maneras de tener sexo que interrumpan la transmisión de enfermedades evitando el intercambio de ciertos fluidos corporales posiblemente infecciosos”.
Sonnabend quería que promoviera el uso del condón, tener menos parejas y relaciones más duraderas. Está bien, pero el trabajo sexual me enseñó que muchos hombres amaban formas de placer sexual que, según la ciencia de Sonnabend, ya eran seguras.
Cuando Mandate, una revista para hombres gay, decidió publicar mi artículo, el Dr. Sonnabend reconoció su importancia. De repente, mi insistencia “obsesionada con el sexo” tenía sentido. Pero mi artículo tardó nueve meses en aparecer, y yo me negaba a esperar mientras las vidas de hombres gay estaban en peligro. Entonces Sonnabend propuso que lo publicáramos nosotros mismos.
Convenció a Michael Callen de unirse a mí y convertir mi artículo en un folleto ampliado que autoeditamos en mayo de 1983. En ese momento, EE.UU. tenía 1,400 casos de SIDA, 558 muertes y el 70% eran hombres gay. Nuestras recomendaciones funcionaban, ¿entonces qué pasó?
Líderes gay atacaron Cómo Tener Sexo en una Epidemia: Un Enfoque por considerarlo demasiado peligroso para el público general, demasiado traumático para sus delicados oídos.
¿O era que celebrábamos que los hombres gay fueran penetrados de forma segura? ¿Cómo podría la clase profesional y gerencial gay recaudar fondos con eso al inicio de la era Reagan?
Los líderes gay decían que “nadie sentiría compasión por los hombres gay” si hablábamos de eso. Éramos simplemente víctimas de un virus. Cualquiera podía contraer un virus. Fin de la discusión.
Pero Michael Callen y yo éramos hijos de los años 70. Para nosotros, los disturbios de los 60 que encendieron la Liberación Gay eran sobre negarse a ser víctimas. Escapamos de la vergüenza sexual inculcada por líderes mayores que hicieron todo lo posible por ignorar y atacar nuestro folleto.
Batallas como estas retrasaron la educación sobre sexo seguro durante dos años, justo cuando podía haber tenido el mayor impacto en detener nuevas infecciones de VIH en Nueva York, ciudad que albergó la mitad de la epidemia nacional durante los primeros 20 años.
Durante 40 años, el ataque más persistente a How to Have Sex… ha sido que estábamos equivocados sobre la causa del SIDA. Pero eso ignora lo que acertamos.
Cuando surge una nueva epidemia, los científicos examinan la evidencia y proponen teorías para minimizar riesgos. Las teorías son marcos. A menudo son erróneas en detalles, pero es lo único que tienen cuando las personas empiezan a morir y necesitamos formas de limitar el sufrimiento, la muerte y el contagio. Sonnabend usó el citomegalovirus (CMV) como modelo. Cuando se descubrió el VIH tres años después, se propagaba igual que el CMV: entrando al torrente sanguíneo a través del sexo receptivo con parejas infectadas.
Entonces, el Dr. Joe tenía razón sobre el riesgo del sexo receptivo. Cómo Tener Sexo en una Epidemia: Un Enfoque pudo haber salvado miles de vidas durante cuatro años críticos antes de que Act Up comenzara en 1987, cuando los casos de SIDA ya eran 50,278 (de 1,400 cuando salió nuestro folleto).
Lo bueno fue que periodistas heterosexuales escribieron sobre Cómo Tener Sexo en una Epidemia: Un Enfoque en la prensa general, donde la mayoría de los hombres gay obtenían sus noticias. Cuando leyeron nuestras guías, muchos las adoptaron. Cuando comenzaron a reportarse casos de SIDA en mujeres, ellas —también en riesgo por sexo vaginal receptivo— también lo hicieron. Las tasas de ITS cayeron en picada.
El sexo seguro se convirtió en la roca de esperanza a la que me aferré en medio de la tormenta. Como siempre decía Sonnabend: “Una vez que tienes VIH, no le des más trabajo a tu sistema inmunológico luchando contra otras ITS”, las cuales el sexo seguro podía eliminar o reducir. Hoy sabemos que algunas ITS aumentan la infectividad y vulnerabilidad al VIH, así que como recomendamos, no pueden ser ignoradas.
Así fue como sobreviví, no solo a la catástrofe del SIDA, sino también —igual de letal— a la catástrofe de nuestra respuesta humana —gay y heterosexual— a este desastre prevenible. La clase profesional y gerencial administra las tragedias. Lxs radicales trabajan para ponerles fin, pero son lxs privilegiadxs quienes reciben los fondos, escriben la historia, ganan premios y reciben aplausos.
Y si no fuera por la experiencia del Dr. Sonnabend, yo habría sido una de esas ovejas.
Hoy usamos medicamentos contra el VIH como profilaxis para prevenirlo, lo que se conoce como PrEP. Cuando comenzó el COVID, los hombres gay tenían un líder dentro del Departamento de Salud de Nueva York que creó guías de sexo más seguro inspiradas, según él, en nuestro folleto. Cuando apareció el MPX, lxs activistas en salud dieron la voz de alarma y los hombres gay sexualmente activos se vacunaron rápidamente.
Hemos aprendido de la historia. Las guías de sexo seguro se inspiraron en activistas de los años 60 que creían que personas informadas podían ser la solución, en vez de ser chivos expiatorios. Y como muestra nuestra historia reciente de reducción de daños, esa tradición sigue viva en nosotrxs. Aquella chispa original de diciembre de 1982 aún parpadea, aunque pocos sepan cómo ocurrió.
Tenía 26 años cuando le dije al Dr. Sonnabend que estaba condenado. En octubre cumplo 70. Viví lo suficiente para recibir los primeros medicamentos que hicieron el VIH indetectable. Eso fue hace 30 años. Los esfuerzos para que estos medicamentos estén disponibles para quienes los necesitan en todo el mundo es una lucha que no podemos darnos el lujo de perder.
Estoy agradecido con MoMA PS1 y VISUAL AIDS por exhibir parte de mis archivos sobre sexo seguro. También agradezco a quienes siguen honrando a quienes amamos y perdimos por el SIDA, incluidas personas como yo, que todavía podrían estar aquí con nosotros hoy.
Richard Berkowitz
4 de junio de 2025
Nueva York, NY
